Laá gran poetisa argentina, Silvina Ocampo (1903), irrumpió en la intimidad de esa terca reclusión al emprender hace ya unos años, lentamente, con la misma meticulosidad, y pulcritud que la norteamericana, la traducción de estos 596 poemas. Nos ofrece así la posibilidad de compartir con ella el placer de su propio asombro, de la propia vivencia poética de tan enigmática obra. Jorge-Luis Borges, amigo de Silvina y admirador de las dos poetisas, se hace, en su Prólogo, portavoz de esta 'comunión'.á
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