Su teléfono solía sonar al menos dos o tres veces durante la consulta. Descolgaba, atendía la llamada y luego volvía a nuestra conversación. Siempre me pregunté si todas esas llamadas eran tan urgentes como para no poder esperar 5 minutos hasta que ella terminase de contarle cómo se encontraba. Él es una eminencia en el tipo de cáncer que sufría mi madre y sé que gracias a sus conocimientos y atinadas decisiones mamá estuvo más tiempo con nosotros. Sin embargo, jamás la miró a los ojos más de un minuto para intentar ver aquello que los informes no decían. Sólo hablábamos de TAC, indicadores tumorales, defensas, quimios... pero nunca de esa otra parte del tratamiento que el paciente necesita y que no se dispensa a través del reservorio. De eso habla este libro. Del tipo de médico que decides ser. De poner barreras emocionales sin necesidad de cerrar puertas.
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