La ciudad es una extraña mezcla de tradicionalismo y vanguardia que, en los últimos años, tras una larga época de letargo, va recuperando con fuerza su esplendor y originalidad del pasado. Pasear por el Vieux Nîmes desconcierta, porque el carácter sureño de sus habitantes y de sus calles hace sentirse casi en España (los toros y las sevillanas en las tiendas para turistas contribuyen a ello), pero, como evidentemente se trata de Francia, la mezcla resulta curiosa y divertida. Las callejuelas y las plazas nimeñas invitan a ser disfrutadas tranquilamente durante todo el año... y con euforia durante las ferias, que se celebran en mayo y septiembre. El visitante, posiblemente desorientado al principio (uno no sabe si se encuentra paseando por una ciudad portuaria del sur de Italia, un pueblo marroquí o un barrio londinense), disfrutará de una amalgama de olores, sabores y sentimientos que no le será fácil encontrar en otro lugar. Si hay algo por lo que se ha distinguido históricamente Marsella es por su capacidad de integrar al extranjero: aquí han llegado oleadas de italianos, españoles, corsos, argelinos y marroquíes que han ido construyendo la Marsella de hoy en día. La segunda ciudad del Mediterráneo francés acoge a miles de extranjeros que llegan a sus calles y playas en busca de sol, fiesta y buena comida. En contraste con Marsella, Niza siempre ha estado marcada por el hecho de ser el destino favorito de la burguesía francesa durante las vacaciones de verano.
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