Hace unos años viajé a Marruecos por primera vez. Confieso que tardé en hacerlo, pues la idea de enfrentarme a una cultura diferente, de salir de lo que hoy todo el mundo llama "la zona de confort", me causaba cierta inquietud y recelo. Lo que nunca imaginé fue que esta tierra y sus gentes, tan cercanos, pero a la vez tan desconocidos, me iban a sorprender tan gratamente y que este viaje me iba a marcar como nunca antes otro lo había hecho.Desde el primer momento que pisé suelo marroquí, la cultura me atrapó por completo. Enseguida me rendí a su radiante luz, sus increíbles contrastes, la vida bulliciosa de sus calles, su asombrosa variedad de olores, colores y sabores, sus bonitas costumbres? Pero, sobre todo, me rendí a su gente: los marroquíes cautivan al visitante con su hospitalidad, la sencillez de su estilo de vida, su humildad, sus valores, la verdad que reflejan sus rostros? y descubrirlo resultó ser toda una experiencia para los sentidos y para el alma.
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