Una sociedad educada está compuesta por personas que han recibido, a lo largo de su infancia, adolescencia y juventud, los nutrientes correspondientes a sus capacidades físicas, intelectuales, afectivas y espirituales. Este tipo de sociedad es el que desearíamos haber tenido y haber podido transmitir a nuestros hijos, alumnos y menores en general. Pero como esta situación tiene que ver más con una fantasía que con una realidad, me atrevo a señalar una serie de indicadores con el fin de llegar a tiempo y subsanar, en cierta medida, las carencias que venimos soportando y que, de alguna manera, transmitimos a nuestros menores. 1.- El ser humano se concibe como una unidad indisoluble físico-anímico-espiritual. Cada persona es única e irrepetible y, por tanto, sus respuestas son únicas y personales respecto de las impresiones que recibe. 2.- El ser humano siempre está en continuo crecimiento y la educación, entendida como el proceso de desarrollo humano, realización personal y manifestación de las potencialidades, acompaña al crecimiento: físico, emocional (vivencias, experiencias, maduración) y mental (instrucción, comprensión, discernimiento). Así pues el crecimiento se entiende como aprendizaje, desarrollo y construcción de uno mismo en todos los aspectos. 3.- La cooperación y el acompañamiento son parte de la naturaleza humana. Nos desarrollamos individualmente, vivimos en comunidad y nuestro crecimiento es también el crecimiento de quienes nos rodean. 4.- La educación consciente implica conocer al sujeto de estudio, en este caso el ser humano: -A nivel general, conocer sus procesos de desarrollo, su naturaleza y sus necesidades. -A nivel particular, conocer su historia, sus intereses, sus capacidades y sus emociones. 5.- La tarea del educador consciente trata de despertar y cultivar las facultades latentes en los menores en las actividades que se realizan diariamente, tanto dentro del aula escolar como fuera de ella, asumiendo su responsabilidad como educa
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