En 1976, en Buenos Aires, Graciela fue secuestrada, junto a Dani, su novio, y su amiga Pupi, por las fuerzas militares de la dictadura. Durante tres días vivió el miedo, la tortura y la humillación. Veinticinco años más tarde, en Madrid, Graciela había "aprendido a olvidar, alejarse del recuerdo, rechazar la memoria", pero se da cuenta de que el olido no es más que un remedio pasajero, necesario a veces para no caer en la locura, y que el aprendizaje y el crecimiento tienen su base en el recuerdo, en la memoria.
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