Salió de la casa levemente somnoliento mientras el padre terminaba de aparejar las caballerías y el amanecer de octubre se iba haciendo presente, y observó cómo su hermano soltaba a los perros encargados de defender a la gran manada en los pasos malos y entre las siembras, por desfiladeros angostos y por campos abiertos, frente a alimañas y contra ladrones.La madre despidió a sus pastores con un abrazo largo, enérgico y silencioso. No besó, no lloró; sólo abrazó fuerte. Lloraría luego durante días, a ratos y a escondidas, como cada año por iguales fechas, pero se aguantó en la despedida para que su marido no la recordara afligida, para transmitir a los hijos, sobre todo al que se estrenaba, seguridad, normalidad y fortaleza. Unos minutos más tarde, cuando las ovejas enfilaron el camino del sur, la Justina volvió sus pasos hacia el norte. Primero hacia la iglesia, para rezar ante San Pedro y la Milagrosa; luego hasta el hogar, para llorar en la soledad de su cocina antes de que se leva
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