China se ha convertido en un inmenso taller. Con el desarrollo capitalista, por un lado, y la tradición comunista, por otro, ofrece el espectáculo de un país que recupera el camino del progreso en medio de un increíble desorden. Desde hace diez años acumula éxitos: se ha desarrollado y consolidado en el interior; se ha comprometido con el mundo exterior y realiza una política más ambiciosa, especialmente frente a Estados Unidos y en Extremo Oriente. Sus éxitos estimulan una salida implícita, e indiscutible desde hace poco, respecto de las vías tradicionales del comunismo. Pero China es un coloso con pies de barro. La situación interior sigue siendo frágil y los cambios de la sociedad la hacen peligrosa.
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