Vivir la vida es decir adiós, aseguró un poeta. El adiós de los que se separan, el adiós de los que se marchan, el adiós de quienes abandonan un oficio que no volverán a ejercer, como el autor de esta novela, quien desea, por última vez, inventar una ficción, con más generosidad que la acostumbrada hacia los fantasmas que la habitan. El contraste entre la madurez y la juventud, la experiencia fulminante del amor, la pasión por la cultura popular del cine y los tebeos, las torpezas y traiciones de la adolescencia, son los viejos temas que se acogen a estas páginas con voluntad de recapitulación y despedida."No había adquirido sabiduría con la edad, recapacitó, al revés, a la torpeza manual y práctica que lo había marcado desde su niñez, se había sumado una conciencia constante de sus ignorancias, inseguridades, dudas, de forma que él, al que tantos habían acusado con razón de arrogante, se maravillaba ahora de la contundencia con que tertulianos, periodistas y ediles municipales predicaban doctrina propia y corregían las ajenas. Quizá nunca tuvo ideología. Lo que más le fastidió del franquismo fue la censura literaria y cinematográfica, no había militado en ningún partido y votaba a la izquierda más izquierdista por rutina. O por la fatiga del patriotismo y los argumentos sacrosantos con que la derecha envolvía los afanes de invencible codicia".
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