Cuando un niño cierra las puertas del mundo, ha de enfrentarse al mundo que lleva dentro. Allí, miedo y anhelo, gesto y emoción, cuerpo y vivencia coexisten en un espacio que desafía la percepción del tiempo.En ese rincón, nuestro cuerpo se convierte en un umbral: el punto de convergencia de todas las posibles combinaciones vividas y por vivir. Un multiverso emotivo donde el ser humano se abandona a la corriente de los idilios, temores, ansias, sueños, donde todo lo sentido y resentido deja marcas en el cuerpo.La poesía puede ser la mecha que prenda la imaginación, la infancia, y los desvelos, destilando la humanidad de cada escena para engrasar las bisagras del portón. A través de incisiones precisas en el tejido de la memoria, el deseo y el miedo, diseccionamos nuestra historia.
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